
Retumban tambores en la noche. Los percusionistas de Olodum inundan la vieja ciudad colonial con el ritmo, entre samba y reggae, de sus instrumentos pintados de negro, rojo, verde y amarillo. Es domingo en el Pelourinho (Pelô, lo llaman sus habitantes), cuyo nombre evoca la siniestra picota.
En una plaza inclinada y triangular, entre edificios señoriales, se erige la iglesia de Nossa Senhora do Rosário dos Pretos, de color añil, construida por esclavos en el siglo XVIII. De allí sale en diciembre la procesión de Santa Bárbara. No se ve a Exú, el más travieso de los orixás -santos del candomblé, la religión afrobrasileña-, al que antes de beber un trago de alcohol se le ofrecen unas gotas derramadas en el suelo. El cortejo lo cierran jóvenes negras y mulatas con tambores que cuelgan de sus hombros y que tocan moviendo las caderas de forma poco cristiana. Visten de rojo y son mujeres de Didá, réplica a los blocos afros masculinos, como Olodum o Ilê Aiyê, que han sacado de la calle a muchos niños sin futuro.

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Nadie ha sabido contar la ciudad como Jorge Amado ni cantarla como Dorival Caymmi. Los viejos marineros, truhanes entrañables y prostitutas sentimentales; los colonos portugueses y los descendientes de esclavos; los emigrantes gallegos, turcos y libaneses. Viajeros que ya no quisieron partir. Como el fotógrafo y antropólogo francés Pierre Verger, que recorrió medio mundo hasta llegar en 1946 y sucumbir al sortilegio, o como Carybé, el pintor argentino llegado en el año 1938 que hasta olvidó su nombre de bautizo.

Los dioses viajaron desde África, escondidos en el vientre de los navíos de un comercio infame, pero los perfumes y especias llegaron del Extremo Oriente, de las colonias portuguesas de Goa o Macao. Los esclavos, ante la prohibición de adorar a sus dioses, los vistieron con imágenes católicas. El candomblé, cuyos ritos se celebran en los terreiros, es esa alianza de cultos sincretizados en que Xangô se identifica con san Juan, por las hogueras, y Iansã, con santa Bárbara, por los truenos.
Cuentan que Salvador tiene tantas iglesias como días el año. En el Terreiro de Jesús está la de San Francisco, un monumento del barroco, revestido de oro y con esculturas de madera de jacarandá y azulejos portugueses, en el que todos los martes se celebra la tradicional benção (bendición). A escasos metros puede contemplarse la fachada plateresca de la Orden Tercera. Aunque la más visitada es la del Bonfim, sobre una colina, sencilla y relucientemente blanca. Su asombrosa Sala de los Milagros contiene miles de exvotos. A la entrada, vendedores de cintas de colores las atan alrededor de la muñeca, con la promesa de que los deseos se cumplirán cuando la cinta caiga.

La obra de Amado -pueden verse ejemplares de sus libros, fotografías y recuerdos en su fundación- es un poema de amor a los más desvalidos. En Bahia de Todos os Santos, guia de ruas e mistérios escribió: "Blanco puro, en Bahía, ¿quién? Negro puro, en Bahía, ¿dónde? Somos mestizos, ¡felizmente!".
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